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Composición de Mariví Rodríguez sobre una foto de Bill Hackwell. El edificio de la izquierda corresponde a la Corte donde fue resentenciado Tony Guerrero el 13 de octubre, a la derecha el edificio de la prisión donde esta encarcelado en estos momentos. La camisa es una pintura de Tony donde al pie de la misma se lee: Un día mi camisa de preso se quedará ahí colgada [NR]

Al Che no in memoriam

Tu piel ligada al hueso se perdió en la tierra.

La lágrima, el poema y el recuerdo
est
án labrando sobre el fuego
el canto de la muerte
con ametralladoras doradas desde ti.

Y aquí a cada noche se busca en tus libros
el prop
ósito justo de toda acción.

Y se abre tu memoria a todo aquel que renace,
pero nunca falta alguien que te alce en un altar

Y haga leyenda tu imagen formadora
y haga imposible el sue
ño de alcanzarte
y aprenda alguna de tus frases de memoria
para decir: "ser
é como él", sin conocerte

Y lo pregone sin pudor,
sin sue
ño, sin amor, sin fe

Y pierdan tus palabras sentido de respeto
hacia el hombre que nace cubierto de tu flor

Algún poeta dijo, y sería lo más justo,
desde hoy nuestro deber es defenderte
de ser Dios.

canción dedicada al Che.

Una canción necesaria
Vicente Feli
ú

En Homenaje al CHE

. . . de tu querida presencia

Comandante Che Guevara

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jueves, 14 de mayo de 2009

Cuba: Primero de enero en tres tiempos

Cuba: Primero de enero en tres tiempos . Gustavo Placer Cervera

1899

En virtud del Tratado de Paz firmado en París unos días antes, el 10 de diciembre de 1898, se había puesto término a la guerra entre España y los Estados Unidos que tuvo por escenarios a Cuba, Puerto Rico y Filipinas, últimos reductos del Imperio colonial español. En el artículo primero de dicho tratado se consignó el cese de la soberanía española sobre Cuba y su ocupación por los Estados Unidos. En consecuencia, el 1º de enero de 1899, los Estados Unidos asumieron oficialmente el gobierno de Cuba con lo cual finalizaba, tras más de cuatro siglos, la presencia de España en la mayor de las Antillas.

El cambio de mando, se acordó efectuarlo a las 12 del día, en el Salón de Actos del Palacio de los Capitanes Generales (hoy Museo de la Ciudad de La Habana). Ese día, que amaneció soleado y caluroso, un batallón de infantería estadounidense se dispuso, desde las 9 de la mañana, en formación, alrededor de la Plaza de Armas, situada frente al Palacio. Otras tropas norteamericanas se ubicaron a ambos lados del edificio. Algo alejada del lugar, pues no se permitía acercarse al Palacio, una multitud de personas, algunas de ellas subidas en los árboles, trataba de observar los actos. También había público en los muelles y en las azoteas colindantes.

A las 11:10 AM, llegaron, montados a caballo, los generales estadounidenses Wade y Butler, acompañados por sus oficiales. Los recibió frente al Palacio el también general Clowes, quien fungía ese día como maestro de ceremonias. En ese momento arribó el vicecónsul británico, Sr.

Jerome, que vestía uniforme de color azul, usaba monóculo y portaba una espada con empuñadura de oro.

A las 11:30 AM hicieron su llegada en carruajes, los mayores generales estadounidenses Brooke y Ludlow, designados como gobernador militar de Cuba el primero y gobernador militar de la ciudad de La Habana el segundo. En otros vehículos, acompañados por oficiales estadounidenses, arribaron nueve generales del Ejército Libertador de Cuba, invitados a la ceremonia. Entre ellos estaban los mayores generales José María Rodríguez (“Mayía”) y Lacret Morlot. Los cubanos vestían uniforme azul oscuro y sombreros de fieltro marrón, guantes grises y portaban machetes.

A las 11:45 AM, el gobernador militar estadounidense de la provincia de La Habana, mayor general Lee, se reunió con el general Brooke. Este cruzó la calle en dirección al Palacio, entre los generales Lee y Chaffee, seguidos de los otros generales estadounidenses y cubanos. En ese momento, se escuchó un toque de corneta y las tropas españolas, situadas al frente del Palacio y las estadounidenses, ya mencionadas, presentaron armas.

Una vez situados en sus puestos asignados en el Salón de Actos los militares y civiles acreditados para estar presentes en la ceremonia hizo su entrada en el local el hasta ese momento Gobernador y Capitán General español de la Isla de Cuba, general Adolfo Jiménez de Castellanos, quien saludó al general Brooke y al resto de los generales. Después de estrechar la mano del general Brooke, el general español se dirigió al grupo de oficiales cubanos y estrechó calurosamente la mano del general cubano “Mayía” Rodríguez con quien intercambió breves frases.

Unos instantes después, al dar el reloj la última de las doce campanadas del mediodía, se escuchó el estruendo de la primera salva disparada en la Fortaleza de La Cabaña y en la Plaza de Armas, una banda militar estadounidense comenzó a tocar el Himno español. Simultáneamente, en la azotea del Palacio, fue arriada la bandera española e izada la de los Estados Unidos. Esta misma ceremonia, era realizada al unísono, en varios edificios públicos y establecimientos militares. Los barcos surtos en el puerto hicieron sonar sus sirenas. En esos momentos, el general español tomó la palabra y, dirigiéndose al general Brooke, hizo una breve alocución que fue contestada por el general estadounidense.

A continuación, Brooke y Jiménez de Castellanos se estrecharon la mano y este último, seguido de sus oficiales, se retiró al contiguo Salón del Trono. En ese lugar, el jefe hispano se despidió de los oficiales y funcionarios españoles. Acto seguido, junto con sus oficiales y los generales estadounidenses que le despedirían en el muelle, descendió la escalinata y salió del Palacio. En ese momento, la banda comenzó a tocar la Marcha Real. La comitiva tomó la calle O`Reilly en dirección al muelle de Caballería. Una vez llegado allí, Jiménez se despidió y abordó una lancha que lo conduciría al vapor Rabat a bordo del cual se dirigiría a Matanzas y Cienfuegos, donde estaban concentradas, esperando su evacuación a la Península, las últimas tropas españolas que quedaban en Cuba, unos 40 mil hombres.

Las conversaciones que habían comenzado el 1 de octubre culminaron en el Tratado de Paz. En este se decidió el destino de Cuba, Puerto Rico y Filipinas sin que esos países y pueblos tuvieran participación alguna. El proyecto cubano de independencia nacional por el que varias generaciones habían luchado, arma en mano, resultaba frustrado.

Estados Unidos había intervenido militarmen­te, pretextando "razo­nes humanita­rias", en la guerra que, desde 1895, soste­nían los independen­tistas cubanos contra el régimen colonial español en momentos en los que la tendencia general de las acciones bélicas favo­recía ya a las fuerza cubanas. Tras 100 días de conflicto y a un costo mínimo, los norteamericanos emergían de aquella que llamaron "la espléndida guerrita" como únicos y absolutos vencedores.

La ocupación militar norteamericana, que se prolongó hasta el 20 de mayo de 1902, fue aprovechada por los intereses económi­cos de ese país para acaparar totalmente el negocio de la exportación del azúcar y el 90 por ciento de la del tabaco. Obtuvieron también concesiones gratuitas de todos los recursos mineros del país conocidos hasta entonces y adquirieron además grandes extensiones de las mejores tierras mediante compra a precios irrisorios o el desalojo de miles de campesinos, muchos de ellos soldados y oficiales del Ejército Libertador.

Por si esto fuera poco, se sentaron las bases para la crecien­te penetración en los servicios públicos, la producción y las finanzas hasta lograr el control total de la economía de la Gran Antilla.

Un conjunto de factores internos -entre los que figuraban en primer lugar, el apoyo de la inmensa mayoría de la población cubana a la inde­pendencia y la tradi­ción de lucha del pueblo cubano-,y externos -entre ellos, la insurrección filipina-, condujo a los círculos gobernantes estadounidenses a diseñar para Cuba un nuevo modelo de dominación, el modelo neocolo­nial, que les aseguraba el control de los asuntos económicos y políticos de la Isla, sin tener en ella un gobernador colonial ni un ejér­cito de ocupación.

En consecuencia, fue proclamada una "república" a la que se le impuso, en forma de apéndice constitucional, la denominada Enmienda Platt, aprobada por el Congreso de los Estados Uni­dos, mediante la cual se concedía al gobierno norteamericano­, entre otras muchas prerrogativas, la de intervenir militarmen­te en Cuba en caso de que peligraran, a su juicio, la vida, la propiedad o las libertades individuales. El país, de hecho, quedaba convertido en un protectorado. Una ola de protestas sacudió a la Isla. De esta época nace el profundo sentimiento antimperialista del pueblo cubano. Sus raíces están en la ocupación militar norteamericana y toda su secuela; al calor de ella, se creaba su contrario: el antimperialismo. La caren­cia de una dirección política acertada, el divisionismo rei­nan­te en el campo independentista y la ingenuidad de muchos patriotas honestos, impidieron que este sentimiento cuajara entonces en un poderoso movimiento de masas.

La forma de dominación implantada en Cuba por los gobernantes estadounidenses les serviría de modelo para sus relacio­nes con otros países de América Latina. No sería necesario anexarlos, cuando se les podía dominar prácticamente a través de las clases económicas favorables a la penetración del dólar (en el caso de Cuba: los grandes latifundistas y el gran comercio exportador e importa­dor). La oligarquía criolla, guiada por su modo utilitario y pragmático de entender la cubanía, se inser­tó en su papel periférico de dominación local y lejos de desarrollar al país lo ató a su función de apéndice de la economía y la política de los Estados Unidos. Fue una larga etapa en la que el pueblo fue marginado del poder polí­tico. Ninguno de los gobiernos oligárqui­cos hizo algo verdade­ramente sustancial en favor de las grandes mayorías. La co­rrupción, los vicios, la discriminación, la opresión, la miseria, el desempleo, el analfabetismo y la prostitución formaban parte de la naturaleza del sistema. Esta situación se exacer­bó hasta extremos insoportables durante la tiranía batistiana (1952-1958).

Casi sesenta años de historia republicana en el capitalismo perifé­rico, y la frustración de varios movimientos reformistas y revolucionarios, persuadieron a la nación de que sólo una transformación radical de sus estructuras podría abrir paso a la posibilidad de llegar a alcanzar la República independiente y justa a la que se aspiraba. En otras palabras, sólo existía una esperanza: continuar la revolución de Céspedes y Martí, frustrada en el 98 y llevarla a su culmi­nación. En los hombres y mujeres de pensamiento avanzado, la conciencia patriótica se hizo sinónimo del más radical antim­perialismo y de la necesi­dad de cambiar el sistema social desde sus bases.

1959

Los que vivimos el estremecimiento del primero de enero de 1959 nunca olvidaremos aquella jornada en que se mezclaban las emociones y sentimientos más diversos. Para la inmensa mayoría de los cubanos aquel diciembre de 1958 resultó extremadamente tenso. La ofensiva final de las fuerzas rebeldes se desarro­llaba en el oriente y centro del país­, aunque sus efectivos no sobrepasaban los tres mil hombres armados contra los más de 50 mil de las fuerzas armadas de la tiranía. En las ciudades las milicias revolucionarias se orga­nizaban para el asalto final y la Radio Rebelde informaba a la población de la marcha de la lucha y orientaba a los comba­tientes sobre las acciones a realizar. El país nunca había experimentado una situación semejante.

Aquel día se abrió una nueva época de nuestra historia. Como afirmara, años más tarde el poeta Nicolás Guillén: "La dramá­tica noche de San Silvestre de 1958 dividió la historia de Cuba en dos partes, como bajo un golpe de hacha. Una con cuanto había sido hasta entonces predominio colonial español y penetración imperialista yanqui, otra con lo que venía a encender una nueva aurora, la aurora de nuestra verdadera independencia".

Tan pronto se difundió la noticia de la fuga del tirano, las organizaciones revolucionarias intensificaron su acción en las zonas urbanas. En todo el país se produjo una explosión de júbilo, la gente se lanzó a las calles a celebrar el aconteci­miento. Pero no se entronizó el desorden. Nada de vandalismo o de venganzas, porque se había asimilado la experiencia de otros momentos cruciales de nuestra historia. Muy temprano en la mañana, se impartieron órdenes a las colum­nas rebeldes que se encontraban combatiendo en la región central de avanzar hacia la capital y ocupar las principales instalaciones mili­tares del ejército de la tiranía. Era nece­sario impedir el intento de golpe de estado y disolver el llamado gobierno provisional, último intento elaborado por la embajada norte­americana para escamotear el triunfo revolucio­nario.

Todavía nos parece escuchar la voz de Fidel Castro advirtiendo que el golpe militar solo serviría para prolongar la guerra. Ese día el Jefe de la revolución tuvo que librar simultánea­mente varias batallas. No solo dirigir a las fuerzas que se encontraban bajo su mando directo, diseñar la táctica del momento e impartir instrucciones a los jefes de las columnas rebeldes que se encontraban muy distantes de la Comandancia y al movimiento clandestino de las zonas urbanas sino además, alertar a todo el pueblo y convocar a la huelga general para impedir el golpe de estado. En la euforia del triunfo éramos muchos los que no nos habíamos percatado de los peligros que aún existían y siempre habrá que subrayar que la acción acer­tada y rápida de Fidel Castro no tan solo puso fin a la guerra evitando con ello muchas destrucciones y muertes sino que aseguró que la Revolución no fuera desviada de su curso.

Los asesinos y torturadores que intentaban escapar eran perse­guidos por los milicianos y soldados rebeldes. Se tomaron los cuarteles del ejército y la policía y todas las instalaciones claves. En la madrugada del día dos, desde el Parque Céspedes, en pleno corazón de Santiago de Cuba, el Jefe de la Revolución se dirigía a todo el pueblo a través de las emisoras de radio del país: "Esta vez no será como en el 98 que vinieron los americanos y se hicieron dueños del país. Intervinieron a última hora y después ni siquiera a Calixto García, que había peleado durante 30 años, lo dejaron entrar en Santiago de Cuba (…) esta vez si es una revolución".

Había una gran diferencia entre este primero de enero y el de 60 años atrás: el pueblo cubano estaba unido en torno a una dirigencia probada y capaz cuya autoridad era indiscutida.

Unos días después, el 8 de enero, el líder de la Revolución llegaba a La Habana, después de recorrer triunfalmente el país. Desde el antiguo campamento militar de Columbia, en lo adelante denominado Ciudad Libertad se dirigía a toda la nación. En uno de los pasajes de su discurso advertía, “…quizás de ahora en adelante todo será más difícil”.

Y así ha sido.

2009

La Revolución Cubana arriba a su 50 aniversario, encabezada por la misma dirigencia histórica que la concibió y llevó al poder.

Este pequeño archipiélago, se empeñó, contra viento y marea, en la realización de una empresa histórica, en esta parte del mundo donde, durante décadas, se ha considerado, como “destino manifiesto” la obediencia servil a la potencia imperialista más grande y poderosa de la Historia.
Ha transcurrido medio siglo de constantes desafíos cuya magnitud y complejidad eran imposibles de imaginar. A pesar de dificultades enormes, de agresiones constantes, de una guerra económica permanente que dura más de 48 años y de sus propios errores, la Cuba revolucionaria no sólo ha sobrevivido sino que ha obtenido logros impresionantes en todas las esferas de la vida de la sociedad cuya simple enumeración haría demasiado extensas estas líneas.

Cuba revolucionaria existe y continúa su victoriosa trayectoria, porque indudablemente en estos cincuenta años siempre se ha sabido defender consecuentemente y en todos los terrenos. Esta gesta de la contemporaneidad, que causa el asombro de la opinión mundial desata, por supuesto, la ira de sus recalcitrantes adversarios. En esta “cruzada” contra la Revolución Cubana han participado sus enemigos naturales, internos y externos. En respuesta, el pueblo cubano aprendió de su historia que la división en política es la derrota y la muerte, y se convenció de que la unión es lo contrario: la victoria y la vida.

Si existe la revolución a pesar de toda la ofensiva desatada por el imperio y sus aliados contra ella, fue porque a cada ataque se le enfrentó con un plan de resistencia superior concebido para vencer sin hacer ninguna concesión de principios, sin sentir ni mostrar miedo.
Hemos padecido limitaciones materiales muy graves. Han faltado los alimentos, los medicamentos, la electricidad, el transpor­te, el calzado, el jabón para lavar o bañarse. Ha sido dura la vida de la familia cubana en estos años. Se ha puesto a prueba la voluntad de un pueblo que resiste con abnegación y estoi­cismo esas penurias.

En este final de año, un mundo cambiante y en crisis, lleno de contrastes e incertidumbres, ha visto como este pequeño país bloqueado y agredido, en lo que constituye una colosal victoria moral, recibía en la Asamblea General de la ONU, el respaldo del pleno de la comunidad internacional que dejaba aislado a su arrogante agresor. Y no pasaron si no unos días cuando, casi simultáneamente, mientras por una parte, Cuba era reivindicada, en los varios eventos de alto nivel que tuvieron por sede a Brasil, por los hermanos países de Latinoamérica, de la otra, el gobernante imperial era despedido, con desprecio, a zapatazos, en el martirizado Irak.

Una frase del Premio Nóbel de Literatura José Saramago lo resumiría: “Los derechos humanos están muertos en el mundo entero, todo está muerto en el mundo entero. Por lo menos en Cuba nunca nada está muerto”.

Al arribar a su medio siglo de existencia, Cuba y su Revolución enfrentan nuevos y complejos desafíos. El país, que apenas emergía de las secuelas del “período especial” ha sido devastado en el año que termina por tres huracanes que destruyeron gran parte de su producción agrícola y exacerbado el ya crítico problema de la vivienda poniendo de nuevo a prueba la capacidad de resistencia del pueblo cubano.

Mas, nadie duda de que se saldrá adelante. Las banderas que ondearon hace cincuenta años, aquel primer día de la nueva época, por siempre se levantarán invictas ondeando en el viento ardiente de la Patria libre.

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